Análisis de la obra «Perfecto amor» en el escrito de Ádam Bartolomé Gallardo titulado «Cinco ensayos literario: del barroco a hoy». En él, el autor desglosa y analiza diferentes obras de Augusto Monterroso o Juan Goytisolo, entre otros. En esta obra también analiza de manera detallada en un capítulo titulado «Rosa Díaz. Perfecto amor o hielo picado: análisis y significado«. A continuación un extracto de este análisis que se extiende desde la página 55 al final de la obra.

Perfecto amor o hielo picado (Accésit del Premio Rafael Morales) se publicó y fechó en el año 1996, aunque su escritura pertenezca a los tres o cuatro años anteriores. La libertad creadora de Rosa Díaz evita el encasillamiento en corrientes poéticas o círculos cerrados. El único fin es el que está dentro de la autora y el resto queda supeditado a unas condiciones circunstanciales que influyen poco en su obra.

Por esto, nuestra autora ha elaborado un poemario original, cercano –aunque tal vez complejo- y libre basado en el amor: “Cada texto, en esta relectura que me impone tus preguntas, veo casi un tratado a desarrollar de otra ética nueva del amor, del que científicamente ya sabemos, que depende en buena parte de nuestros jugos internos y de nuestros neurotransmisores. El amor es un germen que evoluciona en otra cosa, es como morder un grano de trigo con su envoltura primaria y masticar luego un plato de espaguetis cocinados.”

El poemario está estructurado en cinco capítulos: Horario de oficina, Triana y Saint Germain, Ética contemporánea, de Siete a nueve y Perfecto amor. Los tres primeros cuentan con tres, cinco y tres respectivamente, mientras que los dos últimos están formados por nueve y diez cada uno.

Posiblemente esta disposición del esqueleto formal no responda a unas claves muy precisas que el buen lector –o el filólogo- deba desentrañar, pero pudiera advertirse una progresión hacia el sentido último del libro reflejado en estos treinta poemas. Una vez sentadas las bases en su clarividente poema inicial con su preciso título “La víscera de cristal”, podemos seguir unas directrices que van a orientarnos hacia el camino posterior: enfermedad, desbarajuste e incoherencia.

No perdamos de vista el trinomio. La temática, testimoniada por la autora, no adopta un hermetismo de formas incomprensibles, aunque sí una originalidad bien tratada y encauzada por medio de la pátina cotidiana. Su poética es verídica y no es sometida según ella misma a ningún “régimen dictatorial como son las leyes que la acomodan en unos determinados movimientos cíclicos de modismos generacionales. Ella es un fluido imparable que lo impregna todo y, que en su todo, están todas las distintas maneras de interpretarla.” Con esta declaración de principios, el corsé métrico no tiene cabida en el poemario.

Por supuesto, Rosa Díaz maneja los pasos del ritmo hábilmente y la musicalidad nunca la pierde. Otra cosa diferente es el metro elegido: el verso libre irrumpe protagonista y la estrofa se deja llevar por el pensamiento elaborado de su poesía: “En poesía nunca he tenido patria ni rey ni paraíso. Como mi paisano Bécquer, «he leído algo y he pensado mucho », y así he ordenado una serie de palabras que dan forma a mi pensamiento y mi testimonio.” Como en Tótem, libro anterior de 1986, en Perfecto amor valoramos la construcción de ese ritmo poético –aunque bien es verdad que en menor medida- a través del paralelismo o la anáfora: “ni angelitos negros/ ni muñequito lindo”, “A veces sales (…)/ A veces solemos (…)”, “ Y total, (…)/ y mucho (…)/ y los pecados (…)”, o bien mediante la sonoridad del léxico empleado, con una abundancia de palabras esdrújulas y otras que aportan variada eufonía. Con esto, hemos podido contabilizar hasta cincuenta palabras esdrújulas a lo largo del poemario: vértebras, mediterráneo, bárbaros, mística, metafísica, arsénico, víscera, cómplices, cócteles, ático, década, púrpura, música, tuétano… “Yo creo que el ritmo se acopla al fondo. La palabra es una música que piensa y, en este caso, necesita de percusiones rotas, solos de negros espirituales, mezcla y fusión. Es decir, otro “endecasílabo”, un mester actualizado. Pero todo se creó sencillamente. Yo hice este libro a golpe de corazón: sentidamente. Lo hice sin pensar pero sé que hace pensar: me hace pensar.” Pero no vamos a detener nuestro análisis en este aspecto; no resulta ser la parte más sustancial de nuestro trabajo, aunque bien es verdad que nos permite reclamar la atención en el proceso laborioso y el cauce que se deriva de una escritura cotidiana y sencilla. Los mecanismos desplegados no se observan en una primera lectura; responden al trabajo severo y la intención férrea de “alcanzar lo esencial, e ir a lo profundo del sentimiento, de ese sentimiento colectivo que llevamos aprendido en los genes y forma parte de nuestros subconsciente”.

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