La célula infinita me fuerza a razonar, discrepar, buscar sentido a las perplejidades.
Quizás esto no haga más que multiplicar la confusión, o ir a otras versiones u otras
maneras de claudicar. Pero va a ayudarme en mis reconstrucciones, será un don con el
que puedo medir la soledad, el vacío en el caen las grandes palabras que, a veces, se
quedan huecas y enfrentadas así mismas: Amor ¿? Libertad ¿? Existencia ¿? Tiempo ¿?
Muerte ¿? Felicidad ¿? Y nos vamos quedando con el yo, uno y trino e
irremediablemente solo frente al cosmos. Pero también descubría que este ejercicio
poético me conducía a la generalidad del ser humano y me daba conciencia y
conocimiento de él.

En esta segunda edición y haciendo autocrítica, me he permitido eliminar algunos
poemas que estaban fuera de contexto, así como añadir algunos otros fechados en la
misma época, pero que ya estaban ubicados en Catarsis en el andén perdido, libro
inédito que fui reubicando parte en La doncella cincelada, y casi su totalidad en el flujo
de conciencia que componen Los campos de Dios. Esta licencia me la he permitido por
estimar que lo realzan, completan y esclarecen. Y porque en realidad estos poemas eran
apéndices suyos, y añadirlos ha sido como devolverlos a su lugar de origen.

Otra salvedad que quiero apuntar es el colofón que cierra el libro, donde se publica
el texto inédito fechado en 2018, Declaración de autora, porque anuda el principio y el
fin en el nexo coherente de las palabras. En el primer poema del libro se busca la voz y
el devenir de las palabras, y en el último, se encuentra en ellas razón de ser, compaña y
guarida.

La célula infinita es importante para mí dentro de mi obra poética. No es un tanteo,
no es un primer libro, sino la selección que yo sentí que había que preservar y no
aniquilarla, porque no tenía, o yo no lo advertí, reminiscencias de otras lecturas, no tenía
retroalimento poético, y había introducido en él una terminología científica poco usual.
Fresca. Me sonaba a nuevo. Me olía a jabón verde y a carne cruda. Pero era mi voz, la
que tendría que someter, ahormar y pulir porque allí había aliteraciones y ritmos
encontrados, traqueteos para un oído sutil.

Con humildad digo que nada más lejos que
yo viera la perfección en él. Había sometido la forma al fondo que era lo que más me
interesaba, y eso fue lo esencial que me sirvió de base y a lo que no he renunciado.
Asumo sin pudor que soy aquel esperma que ganó la batalla y el óvulo fue mío… Ni
mucho menos lo considero mi mejor poema, pero sí una de mis referencias.

Esto me lleva a la complejidad de intuir que nunca llegaré a esos ideales que quise,
en esta carrera del gameto ganador y matador que soy, y que trasmutado en persona,
quedó atrapado en el fenómeno tiempo con miles de formas poliédricas facetadas y
multiplicantes