«Parece que eso era un berenjenal. Recuerdo aquello de la política con la cara de Franco, y la palabra rojo conectando, no con la caperuza de Caperucita, sino con ciertas estrategias de tiro de gracia, de tapia de cementerio, de cárcel y hasta de ocultar en el corazón. Mi abuela hablaba de los rojos en voz baja y le rezaba a la Divina Providencia. Mi abuelo, por coherencia y por masón, estaba enterrado en el Cementerio Civil de Sevilla y era un secreto. Mi padre no tuvo edad de ir a la guerra, y nunca hablamos de política, porque murió cuando yo contaba quince años de edad. En mi pandilla, los niños eran de Acción Católica aunque, como un exotismo, de vez en cuando aparecía Eladio García Castro, que tenía un pie en Francia y otro en la comisaría de la calle Peral, donde pasaba “las moradas” y, a mí me apreciaba, porque llevé un abrigo morado de corte Mao Tse-tung, a una de las fiestas de las Adarajas.

Los políticos conforme se iban democratizando, se hacían más atractivos y nos quitaron esa impresión en bañador de Fraga Iribarne, y de la apariencia lacrimógena de Arias Navarro cuando llegó Suárez hablando en anáforas, y con el puedo prometer y prometo creó una forma de discurso al que no estábamos acostumbrados. Si Anasagasti era un hombre a su mechón pegado…, también era una cabeza superlativa y se dejaba oír. Roca llevaba los ojos sumergidos en el azucarero y todo lo formulaba con muchísima dulzura. Tierno Galván no dejó nunca de ser “tierno”, aunque le crecieran uñas en la voz cuando subía a la tribuna del Congreso de los Diputados. Ya después de la ruina de su partido, el PSP, y de que aceptara que el PSOE le pagara las facturas de sus gastos generales, sólo dio buen juego instalado de alcalde de Madrid para remozar aquello de la verbena de la Paloma y de Julián que ties madre. Claro que, luego, el viejo profesor escribía citas como estas: –las promesas se hacen para no ser cumplidas.

Por aquel entonces, Pujol, tenía más pelos y menos cejas, y lo suyo era el paté de casa Tarradellas, las vacas del Pla del Estany y una ambición revoloteándole y con tendencia al alta…

Y del sur subieron los muchachos de la pana. Felipe González era el mejor de aquel “dúo dinámico”, con su pelo espeso y su boca sensual, y aquella dialéctica que enamoraba a la tercera edad que, aunque no la entendiera del todo, sí le parecía aquello un conjunto de palabras hermosas. Alfonso Guerra llegó a ser un puro morbo con sus gafas destartaladas, sus fatigados ojos entre la filosofía de la Ilustración y los Aforismos de don Antonio Machado, cuchicheando y apuntándole a Felipe desde el famoso banco azul. Jamás mandó más la bancada que con esas dos cabezas al unísono. Ese Felipe que sonaba como las coplas de posguerra: a la mano sobre el evangelio y por la salucita de la mare mía. A nadie le salió mejor aquello de “por consiguiente”, que a don Felipe González quitándose las gafas y mirando a sus señorías y a la cámara de televisión. Fue el tiempo cuando entre el espacio de sus manos cabía España.

Y de pronto Alejandro con su nombre predestinado a la conquista, su jersey de cuello vuelto, su cuarto y mitad de agresividad, su americanita de cheviot y pelirrojo como su abuela Rolindes, la del valle de Liendo. Una especie de vikingo con ideas del norte, cuyo norte era el sur ni más ni menos.

Y si en aquellos tiempos Suárez hablaba de verdad, Felipe con verdad y Santiago Carrillo de la otra verdad; Alejandro hablaba de la verdad del pueblo andaluz. Y desplegando el mapa del negro toro de España y en plan pragmático, sacó la cuenta de cómo podría ser la política andaluza, si por el raciocinio y por el voto pusieran los andaluces a rentabilizar la capacidad de su territorio. Si tuvieran en cuenta el gran pedazo de toro que se le quedaba en casa y que tenían disponible desde ese Jaén de Vandelvira, hasta las mismísimas Cortes de Cádiz donde más o menos el toro aposenta las criadillas.»

Rosa Díaz
De libro Alejandro Rojas Marcos remando río arriba.
Editorial Almuzara, Córdoba, 2004.